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    TV y Cine

    (Crítica) We Need to Talk About Kevin: el claro espejo de la perversidad

    21 de Abril de 2013, 08:01 pm



    Galería Fotográfica

    Son pocas las películas que exploran la perversidad dentro del alma humana. Las que se atreven tienden a hundirse en explicaciones psicológicas o crear cierta justificación dramática para el monstruo que dibujan. Problemas con la familia o la sociedad, una patología no detectada; muchas son las excusas, como si fuese necesario conseguir una explicación lógica a aquello que tanto nos perturba como lo es la maldad. We Need to Talk About Kevin entra en la selecta élite de historias donde se explora la oscuridad humana, sin medias tintas o explicaciones, un viaje al lado inquietante del alma por el simple hecho de observar al monstruo directamente a los ojos... un permiso para dejarnos seducir por el Demonio de la perversidad (valga el cuento de Edgar Allan Poe como ejemplo).

    La historia es una especie de rompecabezas que todo el tiempo va hacia adelante y atrás. En el presente conocemos a Eva (Wilda Swinton), una mujer que habita en una casa que se cae a pedazos y que es odiada por el pueblo en el que vive. En paralelo, comenzamos a ver retazos de su vida, su romance con su esposo Franklin (John C. Reilly) y, sobre todas las cosas, la inquietante infancia y adolescencia de Kevin (Jasper Newell y Ezra Miller, respectivamente). De esta forma, la película va de un presente gris con una Eva desolada, a un pasado muy luminoso, pero perturbador por la presencia de Kevin. Desde el nacimiento de su hijo, Eva trata de ganarse su amor, pero este sólo la maltrata (desde cosas pequeñas como hacerla perder el control con su llanto y ser un ángel con su papá, hasta torturarla psicológicamente con cada comentario o mirada que hace). Lo peor es que Eva es la única víctima de la maldad de Kevin, hasta que este llega a la adolescencia y comienza a explorar su perversidad en otras personas, saliéndose de control y causando un mal muchísimo mayor destrozando la vida de su madre (y de su pueblo) para siempre.

    We Need to Talk About Kevin
    fácilmente se hubiese transformado en el retrato maniqueo de un asesino más con tintes de “niño poseído” de no ser por la sutileza en la narración y puesta en escena de su realizadora Lynne Ramsay. Su decisión es inteligente: todo lo que conocemos de Kevin lo hacemos a través del ojo de su madre. De manera ambigua, a hurtadillas, compartiendo con ella el misterio de la personalidad de su hijo. Es una película muy sencilla, pocos diálogos, actores y locaciones. A pesar de esto, tiene una atmósfera única que envuelve desde el primer plano y que transmite la incomodidad de su protagonista. Un film lleno de silencios, de espacios omitidos y de  violencia que no vemos (pero conocemos), truco patentado por Michael Haneke demostrando que el peor tipo de horror es aquel que dejamos en manos de la imaginación del público.

    Lo mejor:
    Cualquier niño que haya encarnado el anticristo se ve inofensivo al lado de Kevin. La dirección de arte y fotografía: la película te causa fobia al color rojo. La forma genial de omitir la violencia y por eso hacerla peor. Las actuaciones son dignas de Oscar, Ezra Miller dará mucho de qué hablar en un futuro no muy lejano.

    Lo malo: La gente al verla en cartelera la confundirá con otra historia al mejor estilo “Anticristo”. Puede que muchos no puedan lidiar con los vacíos dentro de la historia, lo mismo que con su final ambiguo. Al igual que El bebe de Rosemary, no es apta para embarazadas.

    Veredicto:
    We Need to Talk About Kevin camina con éxito por la delgada cornisa de la maldad, tiene una personalidad única y trabaja el suspenso de forma magistral. Aunque desde los primeros minutos sabemos qué sucederá, la perversidad de la historia nos seduce hasta el último momento. De lo mejor de lo que va en el año, un merecido 5/5.